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¡DESPIERTA, HANS! |
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Berlín amaneció gris un día más. El modesto
barrio de edificios cúbicos situado en la parte oriental se desperezaba
después de una dura noche invernal. La madre de Hans entró en su
habitació y corrió las cortinas.
-¡Despierta, Hans!
Hans abrió los ojos. Despierta, Hans. Eso es lo que quería hacer:
despertar de la pesadilla en que vivía. Se levantó de la cama y se
asomó al patio interior de su vecindario y el triste suelo mojado le
dio los buenos días.
La neblina matinal se deshacía sobre las calles mientras se
acercaba a su instituto. Hans caminaba con paso lento y vacilante. Como
de costumbre, no tenía ganas de ir a clase. Pasó frente a un escaparate
y se detuvo a observar su reflejo. El pelo color zanahoria despeinado
sobre una cara de piel pálida que el acné había tomado por la fuerza.
El cuerpo delgaducho de postura errática que cubría con ropa de segunda
mano. Esa imagen en el cristal no era lo que él tenía en mente cuando,
de niño, se imaginaba con diecisiete años. Sin embargo, lo peor no era
eso. Hans era tartamudo. Su mente construía palabras y frases con
fluidez, pero su boca parecía estar siempre en su contra. Debido a eso,
la vida en el instituto no era nada fácil. Hans era el objeto constate
de las burlas de sus compañeros.
Llegó a la puerta del instituto. Su único amigo,
Günter, le estaba esperando y le saludó con un imperceptible ademán.
Como Hans, él no era el prototipo de adolescente enrollado que parecía
crecer en los árboles. Ambos eran un ruinoso mundo aparte.
-Ya queda menos para el verano, Hans. Pronto nos iremos de viaje.
Ayer metí mis últimos cincuenta euros en la hucha. Ya tengo mi billete-
comentó Günter.
-A-a-a m-m-m-mí sólo me faltan ve-ve-veinte- replicó Hans que iba a
continuar pero se detuvo en seco al notar el impacto de una bola de
papel. Un grupo de chicos y chicas que iban a su clase se acercaron y,
entre burlas, le dieron aleatorios golpecitos en la cabeza. Hans se
dejó hacer. Era mejor no enfrentarse y dejarles pasar. Las burlas
terminaban antes. Günter se quedó a un lado, observando con rostro
serio. También estaba acostumbrado a aquello y sabía que permanecer al
margen era la mejor opción.
Por la tarde, Hans se despidió de Günter a la puerta del instituto
y volvió cabizbajo a casa. Como siempre, rememoró en su cabeza las
bromas de sus compañeros y deseó, por encima de cualquier cosa, no ser
tartamudo. Se detuvo de nuevo frente al escaparate de la mañana y,
viéndose, se dio por vencido. Nada iba a cambiar nunca. Concluyó que
así es como debía ser.
Por la noche llamó a Günter y ambos hablaron sobre el viaje. El
destino estaba decidido hacía tiempo: el Algarve portugués. Y la misión
también: aprender a coger olas. Ambos lo decidieron un día visitando un
centro comercial. Entraron en una tienda de ropa y en las pantallas que
adornaban la pared un profundo color turquesa llamó su atención. El
movimiento del agua enroscándose sobre el surfista que se frenada
hundiendo los dedos en la pared lisa de la ola les dejó impactados. Se
miraron y sintieron sus mandíbulas cayendo al suelo. Esa era la ruta de
escape. El túnel que les llevaría a la libertad.
Un mes más tarde llegaron al pequeño pueblo portugués. Acamparon en
las afueras en los márgenes de un bosque. El lugar no era perfecto, no
había discotecas ni muchas chicas, pero era mucho mejor que los tristes
campings del centro de Europa que solían visitar con la familia.
Al día siguiente se acercaron a la playa de Mareta donde el
todoterreno de la escuela de surf pasaría a recogerles para su primera
lección. No se hizo esperar demasiado y lo vieron bajando por el
sendero de tierra. Estaba hasta los topes de tablas y de gente. Hans y
Günter estaban nerviosos.
El todoterreno paró a su lado y el conductor, un tipo portugués con el pelo largo, se dirigió a ellos.
-¿Hans y Günter?
Ellos asintieron. La puerta trasera del coche se abrió y los chicos
entraron. Compartían el espacio con otros cinco alumnos, todos chicos
de su misma edad, pero nada parecidos a ellos. El conductor reanudó la
marcha.
-Me llamo Miguel Pinto- dijo mirando a los chicos por el retrovisor
–Chicos, os presento a Hans y Günter. Hans y Günter os presento a los
chicos de nuestro equipo. Hoy toca clase de tecnificación. Sé que
vosotros venís para las clases básicas, pero sintiéndolo mucho, no
teníamos suficientes alumnos, así que os he metido con los máquinas.
Los chicos se miraron y observaron a sus nuevos compañeros. Aquello
no era como imaginaron. No había ningún alemán ni ninguna chica. Todos
eran locales de ojos oscuros. Alguno alargó la mano para saludarles,
pero la mayoría les ignoraron.
Como de costumbre. Hans y Günter no intercambiaron palabra. Günter sabía que Hans prefería no hablar es situaciones como ésa.
Llegaron a la playa de Tonel cuando el sol se estaba ocultando tras
un manto de nubes. El viento norte arreciaba y levantaba espirales de
polvo a su alrededor. Al llegar al borde del acantilado a los chicos se
les puso un nudo en la garganta. Series interminables de olas se
perdían en el horizonte. Rompían poderosas alrededor de un islote de
roca negra y sus crestas se deshacían a causa del viento. El resto del
pasaje aulló de alegría.
Descendieron hasta la playa y Miguel Pinto se acercó a ellos.
Mientras los del equipo deshacían sus mochilas a toda velocidad, Hans y
Günter observaban el Atlántico hostil, paralizados.
-Tranquilos chavales. Vosotros os quedaréis en las espumas de la orilla. Poneos el traje y enseguida vuelvo.
Dejó a su lado dos tablas y reunió al resto del equipo a su alrededor para darles instrucciones.
Los chicos se miraron. Aquello no se parecía en nada a lo que
habían imaginado. Algo desanimados y sintiéndose otra vez fuera de
lugar, se pusieron el neopreno. Era como estar de vuelta en el
Instituto. Ahora no estaban en Berlín, no había cemento gris a su
alrededor. No había compañeros de clase burlándose. Pero para ellos
nada había cambiado.
Pasaron unos minutos, pero el monitor no volvió. Todos los chicos
del equipo entraron al agua y él se quedó en la orilla, megáfono en
mano, gritando consignas. Hans y Günter no sabían que hacer. Se
sintieron ridículos con esos trajes cubriendo su piel pálida y las
tablas desvencijadas de proporciones poco armoniosas que les habían
dejado.
-Esta tabla parece la puerta de tu nevera- dijo Günter con una media sonrisa.
Hans soltó un bufido. Tragaron saliva y fueron al agua. Las espumas
llegaban con fuerza desde la línea de rompientes. En el exterior, los
miembros del equipo destrozaban cada una de las olas que llegaba. Los
chicos les admiraron durante un par de minutos antes de armarse de
valor y entrar.
Günter no consiguió mantenerse tumbado sobre la tabla y las espumas
le zarandearon hasta la arena. Volvió a intentarlo un par de veces y en
cada ocasión el revolcón producido por las olas fue peor. Hans por su
parte tuvo más suerte. Se afirmó sobre la tabla y encontró una
corriente que le sacó casi sin esfuerzo de la línea de espuma. El
problema vino cuando la corriente no se detuvo y Hans, casi sin
quererlo, se acercó al pico. Mientras remaba contracorriente sin
demasiado éxito, Hans observó un par de olas que surfearon los chicos
del equipo. Trató de memorizar los movimientos para conseguir coger la
ola y ponerse en pie.
Y en esas estaba cuando llegó una ola mediana que el grupo
destacado decidió ignorar. La ola venía sola a por Hans. Se giró como
pudo y remó con todas sus fueras. Notó el empuje bajo la tabla y siguió
tumbado hasta que hubo bajado la pared. Entonces la tabla se frenó y
Hans, medio de rodillas y con mucha dificultad, consiguió ponerse en
pie. La espuma le envolvió y la ola se rehizo un poco, así que el
empuje se inició de nuevo. Hans levantó los brazos para equilibrarse y
gritó de puro éxtasis. Estaba haciendo surf. Vio a Günter en la orilla
también con los brazos en alto, saltando. La inercia y el instinto le
hicieron agacharse hacia delante acelerando la tabla. Un torrente de
sensaciones nuevas y emocionantes recorrió el cuerpo de Hans y alcanzó
su cerebro como una explosión.
Llegó a la orilla, encendido de adrenalina y temblando.
-¡Günter, Günter!- gritó –¡¿has visto eso?!... ¡He hecho surf, tío, es una pasada!
Günter le miró alucinado. De la euforia pasó a la sorpresa.
-¿Hans?... ¿qué has dicho?- preguntó.
-¡Joder Günter! Te he gritado que he conseguido surfear. Esto es una pasada, tío. Vamos al agua otra vez, en serio, vamos ya...
Entonces Hans cayó en la cuenta y miró a Günter también con los ojos como platos. No podía creerlo.
-¿Günter?... ¡Günter!, ¡Günter!- gritó riendo –Esto es increíble. ¿Te das cuenta?
-¡Claro que me doy cuenta, Hans!... el surf te ha curado. Ya no tartamudeas.
Hans se quedó de pie con una sensación de sosiego y alivio
indescriptible, pensando en lo que acababa de ocurrir. Los dos amigos
reían y hablaban sin parar cuando se acercó Miguel Pinto.
-¿Qué pasa chicos?, ¿todo bien?
Hans y Günter se miraron y, por primera vez en mucho tiempo, fue Hans el primero en hablar.
.Texto:
Pedro Ramis
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